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Crecí
sirviendo mesas y viendo pasar el mundo tras una barra de bar...
Fotos: Elisabet Palomés
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«Creo
que no hago libros sino que me hago a través de los libros.»
Vivo en un barrio de la ciudad de Sabadell
que se llama Creu Alta. Se trata de un antiguo pueblo anexado a la ciudad
hace unos 100 años, diría que esta es el alma secreta de
nuestra casa: que el tiempo pasa lento para hacer cosas como encender la
chimenea y leer.
Entre mis aficiones se hallan las largas
conversaciones y salir a pasear por el rio que afortunadamente tengo cerca
de casa. Hay cosas por las cuales tenemos más amor que talento,
en mi caso sin duda es el piano. Soy miembro de la Fundación Maria-Mercè
Marçal que juntamente con Marguerite Yourcenar diría que
son mis autoras preferidas.
Unos cuatro meses al año comparto
mi vida con Anastasia, una niña de 7 años que el resto del
año vive en un orfanato de Ucrania. Se trata de una experiencia
tan enriquecedora y extensa que necesitaría muchas páginas
para describirla.
Pero mi compromiso vital está, sobretodo,
en escribir. Creo que no hago libros sino que me hago a través de
los libros. Cuando escribo, intento hacer alguna cosa más que verter
palabras en la página en blanco. Creo en el poder sagrado de la
palabra… sé que en esta época de fonemas ruidosos, hablar
del poder sagrado de lo que sea parece exaltado y quijotesco.
Pero para mí escribir es sobre todo
un largo sortilegio, una especie de conjuro de muchas páginas a
fin de conseguir poner orden al caos, progresar, resolver, olvidar,
comprometerme, prometerme...
Finalmente quisiera, que estos abracadabras
míos, tal vez de escribana ingenua, tuviesen un efecto positivo
hacía las personas que quieran leerme.
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En
el bar de sus padres
Nací el febrero
de 1969. Toda mi infancia transcurrió en el bar de mis padres. Crecí
sirviendo mesas y viendo pasar el mundo tras una barra de bar... pero cuando
tenía 18 años perdimos el bar de una manera trágica
y absurda. De golpe, mis padres y yo nos quedamos sin hogar ni negocio.
Es una experiencia traumática vender “a peso” lo que tienes y ver
como un par de camiones arranca todo lo que se pueda aprovechar de una
inminente ruina.
A partir de este
exilio forzado, empecé a trabajar en un taller de circuitos electrónicos
integrados. Cobraba 1,5 euros la hora, ninguno de nosotros estaba asegurado
y nuestro máximo lujo era escuchar la radio mientras soldábamos
sin parar piezas con estaño. Más tarde, entré a trabajar
en una empresa de importación de productos químicos, hasta
que, por fin, en el año 1992 conseguí un trabajo compatible
con los estudios.
Trabajando en el
ayuntamiento me licencié en filosofía por la universidad
de Barcelona, realicé una diplomatura de periodismo, un máster
de estudios de género y, actualmente y sin prisas estoy estudiando
filología. |